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El poder de decir la identidad

Existe un ejercicio de poder en la definición de la identidad, tanto de la propia como de la ajena.
Como definir es señalar el o los límites de aquello que se define (su origen en nuestra lengua se remonta al latín del S XV, y viene de definire, que significaba delimitar), precisamente es en esto en lo que reside el poder de la definición: permite acotar, escalar, localizar, fijar; todos estos, actos que interesan al ejercicio del poder sobre algo o sobre alguien.
Cuando de lo que se trata es de la definición de algo tan esencial como la identidad, el benefinicio de ser efectivo a la hora de hacerlo, nos hace ver aún con más claridad su relación con el poder.

Decir de uno mismo quién se es, qué cosa se es antes que otro lo haga, o hacerlo de forma más efectiva que los demás (sobretodo cuando hablamos de la socialización de esa identidad), nos permite retener el control sobre nuestra identidad, que es la forma más íntima de retener el control sobre nosotros mismos.
Esto que ocurre con las identidades personales, sucede también con las colectivas y con las identidades de todo tipo: quienes las portan deberían ser quienes las crearan… la definición es una forma de posesión…

Aún sin ser expresada, esta idea es intuida: de ahí la repulsión que se siente cuando alguien pretende decirnos quiénes somos, y la visceralidad de las respuestas en las disputas identitarias, cuando un grupo se arroga la definición de otro.
Si sumamos la definición de la identidad a su expresión, es decir, el saber quién se es al hecho de también decirlo, terminamos de hacerla efectiva y de vacunarla contra las versiones exteriores.
Hay una escena que debo haberla vista decenas de veces en series y películas: en la sala de interrogatorios uno o dos policías le cuentan al detenido su historia, qué cosa hizo, qué cosa siente, qué cosa piensa, todas ellos elementos de definición del otro, y el detenido, defendiéndose, dice «usted no sabe nada de mí», en un acto de rechazo de esa pretendida definición personal.

Algo parecido sucede cuando un colectivo lucha por imponer su definición identitaria: lo hemos visto en torno de identidades de género, sexuales, raciales, nacionales y de cualquier otro tipo: resulta inaceptable para quien es parte de ese grupo, que alguien de fuera sea quien lo defina.
Por decirlo rápido, el autor de la definición es el propietario de la identidad, por eso, quien realmente tiene identidad es aquel que la define y eventualmente la expresa.