
Aún a riesgo de resultar demasiado insistente, vuelvo una y otra vez a reflexionar sobre cómo imaginamos, qué imagen creamos de aquello que es invisible cuando pensamos en eso.
El cómo “vemos” las cosas, por supuesto tiene un impacto muy grande en cómo las comprendemos, las tratamos, cómo terminamos vinculándonos con ellas y qué tipo de conocimiento generamos alrededor suyo.
El diálogo social, como el tiempo, como muchos aspectos de una cultura, como los flujos migratorios, como los desplazamientos de millones de personas por las mañanas, es invisible. Puede naturalmente ser percibido, pero como objeto global es invisible.
De cómo lo imaginemos, de cómo creamos que es su “aspecto” en el sentido más estricto de la expresión, dependerá cómo le demos tratamiento.
A lo largo del tiempo, al observar y trabajar diariamente con diferentes diálogos sociales mediados, se me han presentado distintas imágenes a las que asimilarlos; variados modelos con los que pensarlos.
La que voy a compartir aquí, es la analogía que encuentro entre el diálogo social y el plasma.
En términos del estado de agregación de la materia -y créanme que no soy físico para hablar con autoridad sobre esto-, todos sabemos que tenemos el sólido, el líquido, el gaseoso (yendo de la mayor a la menor cercanía entre las moléculas que componen un cuerpo), pero no tantos saben que existe un cuarto estado: el plasma.
Muy sintéticamente, el plasma viene a ser un gas cuyas partículas están eléctricamente cargadas: sin electricidad es un cuerpo gaseoso, con electricidad, un cuerpo en estado de plasma.
Me atrae el hecho de pensar el diálogo social como un plasma, porque me permite ilustrar que:
- Las moléculas, variablemente separadas entre sí, preexisten al momento en que comienza a correr la electricidad (esto mismo ocurre con las comunidades que desarrollan una conversación: ya estaban allí antes de comenzar a intervenir)
- Cuando la electricidad aparece, el gas se enciende (análogamente, cuando el diálogo se inicia, la comunidad se prende)
- Antes de la aparición de la electricidad, el gas, el neón por poner un ejemplo, está allí, pero no lo vemos (frente a la carencia o el casi inexistente volumen de conversación, es muy complejo comprobar la existencia y morfología de una comunidad mediada)
- Diferentes gases darán al electrificarse, colores distintos (lo mismo ocurre con las conversaciones: no son independientes de las comunidades y no puede darse el exacto mismo diálogo en grupos de conformación diferente).
…las comunidades ya estaban allí antes de comenzar a intervenir…
Pensar el diálogo social de esta forma nos ofrece la posibilidad de concebir a la conversación como una actividad de la comunidad, tan íntimamente vinculada es esta, que no puede ser otra cosa que una suerte de contraforma, de objeto moldeado a su medida en el preciso momento en el que se da.
Nos permite comprenderla en su calidad efímera, frágil y dependiente del diseño de vínculos, lo que incrementa la necesidad de reflexión sobre la morfología de la comunidad en lugar de pretender que un diálogo es objeto puramente semántico, basado en algún tema, esculpido sobre algún código.
Creer esto último, equivaldría a que un forense creyera que luego de una autopsia ha realmente conocido a una persona…